Qué criterios usar, qué métricas tienen sentido, cómo convertir una intención en algo que se pueda medir, y cómo leer lo que sale sin engañarse.
Medir en coaching no es ponerle números a los sentimientos. Es dejar por escrito de dónde partió la persona, para que dentro de tres meses los dos puedan mirar el mismo dato y no discutir de memoria. Sin punto de partida no hay progreso: hay dos versiones de un recuerdo.
Casi todos los desacuerdos sobre «cómo se mide el coaching» vienen de meter tres cosas distintas en la misma bolsa.
Un número con unidad. Objetivo, verificable, y no depende del ánimo del día.
Una escala del 1 al 10. Subjetiva, pero comparable consigo misma en el tiempo.
Si completó o no lo que acordó. Es el que mejor anticipa si el proceso avanza.
El tercero es el que más predice. Una persona puede puntuarse un 4 en un mal día y un 8 en uno bueno sin que nada haya cambiado. Lo que hizo o dejó de hacer entre dos sesiones no admite ese margen.
«Quiero organizarme mejor» no se puede medir. Hacen falta cuatro datos, y van juntos o no van.
Antes: «quiero delegar más».
Después: horas semanales en tareas que podría delegar — unidad: horas/semana · parte de 14 · meta 6 · antes del 30 de noviembre.
Un valor de partida sin meta no mide nada. Una meta sin unidad no deja saber si son kilos, horas o una escala. Y sin fecha, el objetivo se queda abierto para siempre, que es como acaban la mayoría.
No hay una lista universal, y desconfía de quien te la ofrezca. Estas son las que suelen funcionar por tipo de trabajo.
| Tipo de proceso | Lo que se cuenta | Lo que se percibe |
|---|---|---|
| Hábitos | Frecuencia semanal · días seguidos | Facilidad percibida, 1–10 |
| Ejecutivo | Indicadores del propio rol · horas en tareas delegables | Claridad de rol · confianza al decidir |
| Vida | Tiempo dedicado por área | Satisfacción por área, 1–10 |
| Carrera | Conversaciones · candidaturas · entrevistas | Claridad sobre el siguiente paso |
| Equipos | Acuerdos cerrados · reuniones que se acortan | Seguridad para hablar, 1–10 |
| Cualquiera | Acciones completadas entre sesiones | Avance percibido, 1–10 |
Dos o tres medidas, no diez. Un tablero con doce indicadores no se mira. La última fila de la tabla —acciones completadas más una escala de avance— basta para la mayoría de los procesos.
Un número sin punto de partida no dice nada. Un 6 sobre 10 puede ser una gran noticia o una mala, y solo el valor inicial lo aclara. Es el motivo de que el punto de partida sea el dato que más se echa de menos después.
Una escala puede bajar porque la persona ve mejor. Alguien que se puntuaba un 8 en comunicación puede pasar a un 5 después de tres sesiones, no porque comunique peor, sino porque ahora nota cosas que antes no veía. Suele ocurrir justo cuando el proceso empieza a funcionar, y conviene decírselo antes de que pase.
Una medición no es una tendencia. Hacen falta al menos tres puntos antes de afirmar que algo se mueve en una dirección. Con dos, cualquier mal día parece un retroceso.
Seis preguntas, diez minutos al principio de la sesión. Sirve tal cual, en papel o en pantalla.
Hay cambios que no tienen unidad. Una conversación que la persona llevaba dos años evitando. Una decisión que por fin se toma. Una forma distinta de hablar de sí misma que aparece en la sesión siete y que nadie había planificado.
Nada de eso cabe en una tabla, y no por eso vale menos. Por eso las notas en texto libre no se sustituyen por datos: conviven. Los números sirven para lo que se puede contar, y el texto para lo que no.
El riesgo de medirlo todo es medir lo fácil. Un proceso donde solo se miran indicadores acaba optimizando lo que es cómodo de contar en vez de lo que la persona necesita. La medida está para sostener la conversación, no para reemplazarla.
Todo lo anterior se puede llevar en una hoja de cálculo, y mucha gente lo hace así. El problema aparece con varios clientes a la vez: los datos quedan en un sitio, las notas de sesión en otro y las tareas en un tercero.
Tres, y conviene no mezclarlos: lo que se puede contar, lo que la persona percibe y lo que la persona hace. El tercero es el que mejor predice si el proceso avanza, porque no depende de cómo se sienta ese día.
Dos o tres. Más de eso deja de mirarse, y un tablero que nadie mira es peor que no tener ninguno, porque da la sensación de que se está midiendo.
Entonces mide lo que hace, no lo que siente. La tasa de acciones completadas entre sesiones no obliga a puntuarse a nadie y suele ser la medida más útil de todas.
Depende del ritmo del proceso, pero las acciones se miran cada sesión y los objetivos cada cuatro o seis semanas. Revisar objetivos todas las semanas produce ruido: son cosas que se mueven despacio.
Para presentar resultados, sí: un informe con punto de partida, valor actual y meta es exactamente lo que pide un departamento de personas. Para acreditar horas de coaching de cara a una certificación, CoachPro Tools no lleva ese registro hoy.
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