Escribes el contrato una vez. Él lo firma en su pantalla, sin instalar nada y sin crear cuenta.
Escribes tus contratos una sola vez y los mandas a firmar desde la ficha de cualquier cliente. Él firma con el dedo o con el ratón, dibujando encima, sin instalar nada y sin crear ninguna cuenta. Y como tu firma queda guardada, los recibe ya firmados por ti: solo tiene que añadir la suya.
El PDF final recoge las dos firmas. No sale con una sola.
Cada paso que le pides a un cliente es una posibilidad de que no lo dé. Instalar una app, registrarse, verificar un correo, recordar una contraseña: cualquiera de esos es el punto donde el contrato se queda sin firmar y el proceso se retrasa una semana.
Aquí abre el enlace y firma. Es el mismo gesto de firmar en un papel, hecho en su pantalla. Nada más.
Escritas una vez, reutilizadas siempre. Varias, si trabajas distintos formatos.
En móvil o en ordenador. Sin instalar nada.
Se dibuja una vez y va en todos los contratos que envíes.
El documento final recoge la tuya y la de tu cliente.
Con sus sesiones, sus objetivos y sus facturas. No es un archivo suelto.
Ningún plan pone tope, ni de contratos ni de clientes.
No. Lo escribes una vez y queda guardado. Después lo mandas a firmar desde la ficha de cualquier cliente, sin volver a redactarlo.
Dibujas tu firma una vez y se guarda. Desde entonces, todos los que envíes salen ya firmados por ti: tu cliente solo añade la suya.
No, en ningún plan. Conviene comprobarlo al comparar: algunas plataformas sí los limitan, permitiendo por ejemplo un solo contrato en su nivel de entrada.
En la ficha de ese cliente, junto a su historial de sesiones, sus objetivos y sus facturas. No queda suelto en tu ordenador ni perdido en una bandeja de correo.
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